En el siglo XVI empieza a generalizarse en los círculos intelectuales la idea de que "la religión es el resultado de la ignorancia del hombre sobre el mundo y sobre él mismo; el crecimiento de las ciencias naturales y de las ciencias humanas y sociales significará un paralelo desaparecer de la religión, porque el hombre no tendrá ya necesidad de atribuir a Dios los enigmas del Universo; los habrá resuelto".
Esta posición de intransigente racionalismo que asume que todo tendría una explicación racional, científica, aunque las ciencias serán más complejas, más interdependientes de lo que se piensa de ordinario.
En esa afirmación central, se descubre ya la primera falla: "no existe un racionalismo completo; todo racionalismo, mientras está en el estadio de no conocer aún todo, necesita una "fe". Concretamente la "fe" en que todo es cognoscible y en que se podrá conocer".
Confinar la religión al terreno de la ignorancia es una actividad presuntuosa, que no se da cuenta de cuánta ignorancia asume como ciencia. Newton dijo en una ocasión: "Me parece que yo he sido como un niño a la orilla del mar, divirtiéndome al encontrar de vez en cuando una piedrecita más lisa o una concha más hermosa que las habituales, mientras que el gran océano de la verdad estaba delante de mí, inexplorado". "La ciencia —escribió Víctor Hugo en su obra teatral W. Shakespeare— es ignorante y no tiene derecho a reírse: debe siempre esperar lo inesperado".
Ante el tópico de la ciencia que desbanca a la religión, ganando espacios de explicaciones científicas definitivas, el cristiano puede responder, con absoluta tranquilidad científica de conciencia, que "fe por fe, la fe en Dios". Esta fe en Dios ni quita ni impide la ciencia. La Naturaleza es generosa; el hombre está hecho para que funcione con dos riñones, a pesar de que puede vivir con uno solo. Amputar al hombre algo como la religión es, por lo menos, y visto humanamente, cerrarse un camino. Táctica de mal estratega.
La proclamada incompatibilidad entre la ciencia y la fe (en Dios) no puede existir por parte de Dios, autor del mundo y autor del hombre que construye la ciencia. Sólo podría existir si la ciencia se constituye en Absoluto, como Dios. Pero la ciencia no es Sujeto, sino construcción, elaboración del hombre. Detrás de la expresión "la Ciencia, incompatible con la Fe" se esconde esta otra: "el Hombre que se autoconstituye en Dios".
No es asunto de la razón, sino de la voluntad. Las "oposiciones" en nombre de la Ciencia esconden posiciones de voluntad: el no quiero que Dios exista.
La religión es el conocimiento y la inteligencia de que no somos lo último ni somos el Origen. El Origen es Dios. Porque conoce a Dios, el hombre es capaz de no fabricar mitos (ídolos), de experimentarse incompleto, aunque con la posibilidad de engañarse pensándose completo. Las creaciones humanas (arte, ciencia, política, economía) le aparecen entonces como productos y, en su caso, como instrumentos. Nunca como absolutos, porque hay un solo Absoluto, que es Dios.
Desde esa perspectiva se conoce y se valora el progreso de las ciencias, de las naturales y de las sociales. Se experimenta su capacidad de explicación y su limitación. Es un trabajo constante, interminable, gracias a que, en ningún momento, es mitificado. El hombre pierde la fe en la ciencia, para aumentar su confianza en ella: una confianza nunca segura. Y con la pérdida de la fe en la Ciencia el hombre está en condiciones de abandonar el último mito. Se queda sin nada en qué creer, salvo en Dios.
©Rafael Gómez Pérez
Tomado de: http://www.buzoncatolico.es/actualidad/cienciacontrareligion.html cuya fuente es: http://www.arvo.net
Versión corta por Carlos TorHino.
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